Durante años hemos vivido cómodamente instalados en una ficción colectiva: la de que usar un seudónimo equivalía, más o menos, a estar a salvo. No porque lo que publicásemos fuese invisible, sino porque la conexión entre piezas dispersas de información requería tiempo, paciencia, habilidad y, sobre todo, un incentivo claro.
A esa capa de protección la literatura la ha llamado a veces «oscuridad práctica»: no es que no se pueda saber quién eres, es que hacerlo es caro. El problema es que, cuando aparece una tecnología que convierte lo caro en barato y lo lento en instantáneo, esa “protección” se evapora. Y eso es, precisamente, lo que muestran Simon Lermen y Daniel Paleka en su trabajo reciente sobre desanonimización a gran escala con ...