Durante décadas, hemos imaginado la guerra tecnológica como una cuestión de superioridad industrial: aviones cada vez más caros, carros de combate más sofisticados, misiles más precisos y sistemas de mando cada vez más centralizados. Ucrania ha demostrado que esa visión no era completamente falsa, pero sí profundamente incompleta. La guerra del futuro no se está escribiendo únicamente con plataformas de cientos de millones, sino con dispositivos baratos, reemplazables, actualizados en ciclos de semanas y operados por soldados que, en muchos casos, se parecen más a pilotos de videojuegos que a combatientes tradicionales. Como ya apuntaba hace un año, la clave no está solo en el dron, sino en la combinación de bajo coste, escala, inteligencia, ...