Durante años, Silicon Valley se esforzó en vendernos una narrativa muy concreta sobre la inteligencia artificial. Una narrativa casi mesiánica. La idea de que un pequeño grupo de visionarios estaba construyendo una tecnología revolucionaria pensando, ante todo, en el bien común. La promesa de que, esta vez sí, el progreso tecnológico sería diferente: más abierto, más colaborativo, más responsable.
Y ahora, en una sala de tribunales de Oakland, California, esa narrativa se está desmoronando pieza a pieza. El juicio entre Elon Musk y OpenAI no es simplemente una pelea entre multimillonarios con egos descomunales. Tampoco es únicamente un conflicto empresarial entre antiguos socios que acabaron enfrentados. Lo que estamos viendo es algo bastante más relevante: la constatación ...