Lo que estamos viendo y viviendo estos días no es simplemente una guerra más tecnológica. Es algo más profundo y más inquietante: un modelo de conflicto en el que el objetivo prioritario deja de ser destruir unidades militares o conquistar territorio, para pasar a ser el identificar, localizar y eliminar a personas concretas dentro de la cadena de mando, del aparato científico o del sistema político del adversario.
La novedad no está en la «decapitación» como idea, que lleva décadas en la doctrina militar y de inteligencia, sino en la posibilidad de industrializarla mediante datos, sensores, vigilancia ubicua y sistemas algorítmicos capaces de cruzar información a una velocidad y a una escala nunca vistas.
Gaza ha sido el laboratorio más visible de esa ...