Hace apenas nada, la inteligencia artificial era, para la inmensa mayoría, una pestaña en el navegador. Uno abría un chatbot, escribía una pregunta, copiaba una respuesta y seguía con su vida. Era útil, sí, pero también episódico, desmemoriado y esencialmente pasivo. Lo interesante empieza ahora, cuando esa lógica se rompe y la inteligencia artificial deja de ser una interfaz para convertirse en una infraestructura.
Herramientas como OpenClaw no son simplemente «otro asistente»: son, más bien, una capa de orquestación agéntica, una especie de sistema operativo conversacional que conecta modelos, memoria, herramientas, canales de mensajería y ejecución real de tareas. Es decir, no sólo hablan: hacen cosas. Y eso cambia completamente el tablero. ...