El interesante artículo de The New York Times sobre la nueva industria de los «humanizers» y los «autotypers», «Student cheating is becoming impossible to detect in an A.I. era«, debería producir menos escándalo y más vergüenza. No porque los estudiantes intenten hacer trampas, que algunos lo harán siempre, sino porque hemos creado exactamente el ecosistema que incentiva ese comportamiento: profesores intentando detectar si un texto fue escrito con inteligencia artificial, estudiantes intentando ocultarlo, y empresas encantadas de vender herramientas a los dos bandos. Un mercado perfecto de la paranoia educativa.
La escena es grotesca: herramientas que reescriben un texto generado por inteligencia artificial para que parezca «más humano». Programas que van insertando palabras en ...