El artículo de Jordi Pérez Colomé en El País, «Las erratas como símbolo de prestigio: cómo escribir para que no parezca IA«, me ha dejado una sensación entre el cansancio, la irritación y la tristeza. La idea de que, en plena explosión de la inteligencia artificial generativa, algunos empiecen a introducir erratas deliberadamente para que sus textos parezcan «más humanos» es una de esas distopías absurdas que, precisamente por absurdas, terminan describiendo muy bien una época.
Vivimos instalados en una sospecha permanente. Ya no se lee un texto para preguntarse si dice algo interesante, si está bien argumentado, si aporta algo o si invita a pensar. Se lee, demasiadas veces, como quien pasa un detector de metales: buscando la prueba, el ...