Durante años, hemos ido externalizando partes de nuestra cognición de forma tan gradual que apenas nos hemos dado cuenta. Externalizamos la memoria a los motores de búsqueda después de que el conocido «efecto Google» demostrara que, cuando esperamos que la información siga disponible en internet, es menos probable que la recordemos y más probable que recordemos dónde encontrarla. Externalizamos la navegación al GPS, incluso cuando la investigación empezó a mostrar que su uso intensivo puede debilitar la memoria espacial cuando tenemos que orientarnos por nuestra cuenta. Y hemos externalizado cada vez más la coordinación social a plataformas que deciden qué vemos, cuándo respondemos y cómo nos sincronizamos con los demás.
Ahora empezamos a ...