El gran apagón ibérico de abril de 2025 nos dejó muchas imágenes: trenes parados, semáforos muertos, comercios incapaces de cobrar, ascensores detenidos, gente haciendo colas en cajeros o supermercados, y ciudades que de repente parecían haber retrocedido varias décadas.
Pero, para muchos, lo más desconcertante no fue quedarse sin luz. Fue mirar el móvil, ese objeto que hemos convertido en brújula, radio, cartera, agenda, llave y cordón umbilical con el mundo, y descubrir que tampoco servía para nada. Sin señal, sin datos, sin llamadas, sin posibilidad de saber qué estaba pasando. El apagón no fue solo eléctrico: fue informativo, psicológico y social.
Por eso tiene todo el sentido que el gobierno quiera obligar a los operadores a mantener la ...