Mi columna de esta semana en Invertia se titula «Cuando el producto empeora a propósito: la degradación deliberada y la factura de la desconfianza» (pdf), y trata sobre un fenómeno cada vez más evidente en nuestra relación cotidiana con la tecnología: la sensación, difícil de ignorar, de que muchos productos y servicios digitales no empeoran por accidente, sino por diseño. No porque falte capacidad técnica o innovación, sino porque una vez alcanzada la masa crítica, demasiadas empresas descubren que es más rentable extraer valor que seguir creando valor. Más anuncios, más fricción, más suscripciones fragmentadas, menos control para el usuario y menos respeto por la experiencia que inicialmente justificó la adopción del producto.
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