Hay una forma especialmente torpe de adoptar la inteligencia artificial: sentar a alguien ante un organigrama, enseñarle una demo brillante y pedirle que señale nombres. “Lo que hace este lo puede hacer una inteligencia artificial, lo que hace este también, este otro de aquí sobra”. Es la vieja reducción de costes de siempre, envuelta en terminología futurista. No es transformación digital: es idiotez directiva con coartada tecnológica.
El caso de Ford es un recordatorio magnífico. Tras confiar demasiado en sistemas automatizados para resolver problemas de calidad, la compañía ha tenido que volver a contratar a cientos de ingenieros veteranos, los famosos “gray beard engineers”, porque la inteligencia artificial no alcanzaba donde sí llega la experiencia ...