Durante décadas, la corrupción política se entendió como algo que debía ocultarse. Sobres, intermediarios, sociedades opacas, favores discretos, llamadas que nadie debía conocer. Donald Trump ha introducido una innovación mucho más inquietante: la corrupción a plena luz del día, convertida en espectáculo, en marca personal y, cada vez más, en modelo de negocio. No se trata únicamente de que existan conflictos de interés, algo que ha ocurrido bajo muchas administraciones. Se trata de que la frontera entre el poder público y el enriquecimiento privado ha dejado de considerarse una frontera.
Desde Watergate, los presidentes estadounidenses con activos capaces de generar conflictos importantes habían procurado aislarse de ellos ...