Hay ideas que en Estados Unidos suenan automáticamente a herejía, casi como si soltases una blasfemia salvaje en medio de una convención libertaria. Proponer una inteligencia artificial pública, nacional o incluso multinacional, es una de ellas. Allí, donde una parte significativa del debate tecnológico sigue atrapada en la fe casi religiosa en el mercado, la simple posibilidad de que una capacidad estratégica como la inteligencia artificial pueda concebirse como infraestructura pública provoca escalofríos.
Fuera de ese marco ideológico, sin embargo, la cuestión empieza a parecer bastante menos extravagante. Si aceptamos sin demasiados problemas que haya sanidad pública, educación pública, transporte público o bibliotecas públicas, ¿por qué habría de ser impensable una ...