Cualquier estudiante puede hoy fotografiar un ejercicio, subirlo a un chatbot y recibir una solución completa en segundos. Eso no ha creado el problema de los deberes: lo ha expuesto. Durante muchísimo tiempo, los deberes han sido una constante casi incuestionable del sistema educativo. Una extensión casi automática de la jornada escolar, legitimada por la tradición, la presión social y una intuición aparentemente razonable: practicar más debería traducirse en aprender más.
Sin embargo, esa lógica, que nunca estuvo del todo clara, empieza a resquebrajarse con una velocidad inusitada. Y no solo por razones pedagógicas, sino por una transformación tecnológica que ha alterado profundamente el significado mismo de «hacer los deberes».
El detonante más visible es la ...