Durante los últimos dos años, muchos usuarios han vivido con la inteligencia artificial una ilusión conocida en Silicon Valley: la sensación de que una tecnología carísima podía ofrecerse casi gratis, o gratis del todo, mientras las compañías se dedicaban a capturar cuota de mercado, hábitos de uso y dependencia.
No es una anomalía nueva. Ya ocurrió con Uber, DoorDash y todas aquellas «subvenciones al estilo de vida millennial» que en su momento describió Derek Thompson en The Atlantic: servicios que parecían mágicamente baratos porque, en realidad, alguien podía permitirse perder dinero para comprar crecimiento. Lo que se plantea ahora con la inteligencia artificial es exactamente ...
