Generalmente, solemos contar el progreso tecnológico como una historia de acumulación: cada generación hereda todo lo que aprendió la anterior, le añade unas cuantas cosas nuevas, y seguimos avanzando.
Pero la realidad es bastante menos ordenada. En ocasiones, una tecnología no desaparece porque haya demostrado ser mala o porque haya sido superada por otra mejor, sino simplemente porque cambia la arquitectura que la rodea, porque los incentivos se desplazan, o porque un nuevo paradigma consigue atraer toda la atención. Y años después, alguien descubre que, por el camino, habíamos dejado atrás algo que resultaba ser bastante valioso.
El hormigón romano es un buen ejemplo. Los investigadores que estudian construcciones de la época han conseguido ...