Europa lleva demasiado tiempo confundiéndose a sí misma con un mercado, cuando lo que está en juego es algo bastante más incómodo: poder. Poder para decidir qué se puede hacer con los datos de sus ciudadanos, poder para definir qué prácticas empresariales son aceptables, poder para exigir auditoría, transparencia y rendición de cuentas, y poder para que, cuando alguien en Washington estornude o amenace, aquí no nos dé una neumonía. Que hoy estemos discutiendo «soberanía tecnológica» no es una moda ni una ocurrencia: es el síntoma de que por fin empezamos a asumir que la infraestructura digital no es un conjunto de productos, sino una capa de soberanía comparable a la energía, las telecomunicaciones o la defensa.
La paradoja es que Europa sí tiene piezas críticas del rompecabezas, pero las ha ...